
El Ecofeminismo ha vuelto. No es que desapareciera durante los últimos años, pues siempre ha estado ahí con su voz crítica, si no que últimamente es común que en foros, charlas y presentaciones sobre el tema se vuelvan a llenar las salas. ¿A qué se debe este nuevo auge? ¿Se debe en parte al aumento de la preocupación social por los temas ambientales? Varias pueden ser las razones, pero lo cierto es que el Ecofeminismo sigue avanzando para ofrecer respuestas válidas y convincentes a muchas de las problemáticas actuales que son parte de la crisis.
El Ecofeminismo a lo largo de la historia
Con los años, el Ecofeminismo se ha ido desarrollando a partir de las diferentes maneras de entender y dar respuesta a cada contexto social, cultural e histórico. Dada la riqueza de experiencias que componen el proyecto ecofeminista, hoy podemos decir que existen diversos Ecofeminismos y que no necesariamente tienen que estar de acuerdo todos y cada uno de sus aspectos. Cierto es que esta riqueza de aportaciones y el desarrollo de las diferentes corrientes no ha hecho si no fortalecer los discursos del Ecofeminismo.
Un poco de teoría ecofeminista
Como se puede deducir de este brevísimo repaso histórico, el Ecofeminismo se hace escuchar fuertemente en las situaciones más críticas asociadas a la supervivencia de las poblaciones humanas. Dicho esto, no sorprende que el Ecofeminismo sea una herramienta muy potente para entender las causas de las diferentes crisis, ya sean geopolíticas, socioeconómicas o ambientales. Más allá, el Ecofeminismo es una teoría aplicable, que propone soluciones concretas a los modelos que nos han llevado ya varias veces en la historia al borde del abismo. Cabe entonces preguntarse cómo son estos modelos.
Hoy día, el Ecofeminismo experimenta un nuevo impulso, de nuevo en un momento en el que el mundo se ve sumergido en una crisis profunda. Si miramos más allá de los mercados financieros, nos damos cuenta que no sólo es una, si no que son varias las crisis. La crisis económica, la ecológica, la energética o la alimentaria, que ponen en peligro las formas de vida y su diversidad, y que justamente son causadas por nuestro modelo socioeconómico occidental insostenible e injusto que se sustenta sobre valores patriarcales.
Este modelo tiene sus raíces en el siglo XVII y XVIII, con el surgimiento de las ciencias modernas, que prometen un mundo nuevo, feliz y confortable, en el que la riqueza iba a ser provechosa para todo el mundo e iba a ser distribuida de manera democrática. Es entonces cuando se adapta la complejidad social por medio de la división de la realidad en pares dicotómicos, opuestos y jerarquizados. Es decir, se establece una lógica que opone, por ejemplo, la Cultura frente a la Naturaleza, al Hombre frente a la Mujer, la razón frente a la emoción, lo público frente a lo privado, el trabajo productivo frente al trabajo reproductivo. Al mismo tiempo, a la parte izquierda se le van a asignar valores positivos y socialmente sobreestimados, mientras que a la otra parte se le resta valor quedando subordinados al par opuesto. De forma no casual, la parte que va a adquirir más valor es la que hasta hoy en día seguimos asociando las características masculinas.
En esta forma de entender el mundo, la naturaleza, asociada con la mujer, queda definida como un caos amenazador que tiene que ser controlado por el hombre y su ciencia. De esta manera, el patriarcado legitima la opresión de las mujeres y la naturaleza, despreciando lo inmanente, lo que sustenta la vida, y apreciando lo artificial, lo que destruye la vida.
Esta base filosófica de pares opuestos es la misma que ha sustentado al capitalismo, un sistema económico que en muchos sentidos infravalora el mantenimiento de la vida, no aprecia los ecosistemas y mina la dignidad humana, dejándose orientar por la lógica del crecimiento ilimitado que saquea los recursos naturales hasta agotarlos.
Como resultado, el centro de la sociedad occidental lo constituye el varón y todo lo que va asociado a la esfera masculina: los mercados, el trabajo remunerado, la producción, el control, la tecnología, etc., mientras que todo lo asociado con la esfera femenina (la naturaleza, el trabajo no remunerado, el cuidado de la vida, la solidaridad, la emoción etc.) se queda en segundo plano, es invisibilizado e infravalorado de manera continua. Las políticas estatales y el quehacer económico se rigen desde hace siglos por la mirada masculina, actuando dentro de esta lógica androcéntrica y patriarcal.
El Ecofeminismo cuestiona esta forma demoledora de ejercer el poder. Es consciente de que este sistema dominador nos ha llevado a una crisis ecológica, económica, energética y de cuidados y propone un cambio radical, es decir, de raíz.
Propuestas para un cambio profundo y eco-feminista
Las propuestas de cambio desde los Ecofeminismos son tan diversas y coloridas como sus representantes, y siempre se actualizan con nuevas ideas desde alianzas con otros proyectos políticos, ecológicos o feministas. Tienen en común que trabajan para liberarnos de un modelo de desarrollo que lleva a la destrucción y la desigualdad.